Cundas: el taxi de la adicción

NOTICIAS-CUNDAS-TAXIS-DROGALa primera vez que escuché la palabra cundas fue en Madrid, hace unos años. Una amiga buscaba y comparaba pisos de diferentes distritos de la capital. Se refirió a la zona de la Glorieta de Embajadores como un lugar demasiado “lumpen”, “chungo”, muy sucio y lleno de “yonquis”.  Me contó que allí se reunían los drogadictos a la manera de una parada de autobús, a esperar la llegada de las cundas o los taxis de la droga: coches lanzadera que transportan a las personas drogadictas  de Glorieta de Embajadores a Cañada Real y de Cañada Real a Glorieta de Embajadores, a cambio de dinero o de una dosis . Me contó que la Cañada Real es una zona periférica de venta de droga, marginada, peligrosa e inaccesible en transporte público.

Personas adictas que desean acceder a lo que ha sido denominado como “el supermercado de la droga” no tienen cómo hacerlo, así que se dan cita en el lugar en el que los conductores de las cundas les convocan. Estos conductores han sido catalogados como asociación mafiosa y delictiva.

La problemática aumentó debido al clima de crispación y malestar de los vecinos de la zona de Embajadores. Denunciaron y se manifestaron para reclamar medidas ante la falta de atención por parte de las autoridades. Esta situación ha generado un aumento de la delincuencia en la zona, además de un incremento de los robos de coches, la mendicidad, la suciedad y la falta de salubridad.

Durante los años más duros de la crisis económica,  las autoridades redujeron las partidas presupuestarias a centros y organismos de asistencia dedicados a la ayuda contra la drogadicción. Ante la presión vecinal decidieron buscar una solución desde una perspectiva estrictamente policial. Se detuvo a personas vinculadas a las cundas o taxis de la droga. Y los drogadictos, sin transporte que les acercase a la Cañada, dejaron de concentrarse en la zona.  http://www.abc.es/madrid/20150814/abci-policia-taxis-droga-201508131637.html.

Poco tiempo después, con una mayor flexibilidad de las medidas de control policial, las cundas y sus clientes volvieron a hacer acto de presencia. Y hasta el día de hoy la situación no ha variado. En la lucha contra las drogas se ha priorizado históricamente el enfoque judicial y policial por encima del socio-sanitario, equiparando en la ilegalidad el producto consumido con el consumidor. Existe un elevadísimo porcentaje de personas adictas en las cárceles españolas (en el año 2011, uno de cada cuatro reclusos de cárceles españolas inició un tratamiento de desintoxicación) y cabría preguntarse hasta qué punto y en qué proporción se podría haber evitado el delito que les llevo allí, en el caso de que hubieran podido beneficiarse de una atención especializada temprana.

La adicción es una enfermedad que anula la capacidad de no consumir drogas, aunque ello te lleve a la cárcel o a la muerte. Los motivos que pueden llevar a una persona a encontrarse en un estado de grave dependencia y desamparo son muchos y variados; y su procedencia, nivel de estudios, estatus familiar, económico y laboral de lo más diverso. El único punto en común que engloba a todas estas personas es que están muy enfermas.

La sociedad prejuzga a las personas drogadictas y sobre todo a las personas drogadictas con más indefensión económica y social. La mejor prueba de ello es la propia etimología de la palabra yonqui. Esta palabra viene del inglés “junkie”, formada por “junk” (basura, chatarra, desperdicio) y  el sufijo inglés “-ie”, usado para formar adjetivos despectivos.

En ocasiones se les  condena al ostracismo, pues no son ni escuchados ni atendidos. Y se olvida que cada uno de ellos es una persona muy enferma que sufre. Un adicto de la Glorieta de Embajadores puede hacer tres viajes al día a la Cañada Real. No se dedica a nada más. Esa es su vida. No hay diversión, ni placer, ni falta de voluntad por no querer cambiar de vida. Hay adicción y tragedia, un sinvivir marcado por la necesidad de conseguir diez euros y subirse a uno de los taxis de la droga. Y nada más. No hay malicia, ni dejadez. Tan solo enfermedad.  Y el deber de una comunidad es cuidar de todas las personas que viven en ella, especialmente de las personas con más riesgo de exclusión y marginalidad.

Muchos drogadictos son padres de familia honrados, mujeres empresarias exitosas, hijos de familias acomodadas que estudian en caros y reputados colegios. Los hay funcionarios, fontaneros, albañiles, brokers, banqueros, militares, curas, policías, médicos, políticos, o en el paro. Hoy en día es posible acceder a un tratamiento especializado para afrontar esta enfermedad de graves consecuencias y existen muchos centros en España públicos y privados, con más o menos servicios, más o menos caros. Pero para acceder a esa ayuda se debe tener la posibilidad de ser ayudado, la familia oportuna, los recursos necesarios, la capacidad neurológica y cognitiva –la adicción, con el tiempo, puede derivar en graves daños psicológicos- de “querer” ser ayudado. Y no siempre es así.

No existe ninguna diferencia entre la enfermedad de adicción que sufre un empresario del IBEX 35 y la que padece aquel que percibimos como un “yonqui”. Es tan solo una cuestión económica, de recursos, de entorno o de suerte.

El Ayuntamiento de Madrid ha empezado a estudiar la aplicación de una batería de medidas para terminar con las cundas de la Glorieta de Embajadores, que refuerzan la actuación policial con más intervenciones socio sanitarias y asistenciales. Incrementaría la presencia de profesionales en la asistencia al colectivo drogodependiente, facilitaría un autobús que uniera la capital con La Cañada Real, y situaría las paradas de dichos autobuses delante de Centros de Atención a Drogodependientes (CAD).

Para ayudar a las personas enfermas de adicción y en riesgo de exclusión social deben potenciarse las medidas sanitarias y el enfoque social y asistencial. Las cárceles deberían ser la última opción. Si estas personas reciben una ayuda profesional y eficaz, habrá menos  en situación de riesgo para los demás y sobre todo para ellos mismos.

Como ciudadanos con una enfermedad crónica deben ser asistidos de una manera proactiva, más allá de esperar a que ellas mismas acudan voluntariamente a un CAD.  Y así animarlos a poder acogerse a mecanismos y estructuras que les protejan, y desde las cuales puedan expresarse. Quizás se consiga con ello que su vida sea un poco mejor, y la sociedad en la que viven más humana.