Cabeza budista mostrando serenidad. Testimonio de la experiencia de una adicto recuperado

Testimonio de un adicto recuperado

«Despierto, sereno, sobrio»

Pronto, en noviembre, se van a cumplir cinco años de mi ingreso en la clínica del Montanyà de Instituto Hipócrates. Lo hice obligado por las circunstancias. La situación era insostenible. Me había autoinfligido un castigo indescriptible. A pesar de la saña que empleé contra mí mismo, tuvo que intervenir mi familia.

Agradecido a mi familia

Tuve la suerte de que mi hermano mayor conocía a dos personas que se habían tratado con éxito en Instituto Hipócrates. Mi familia dispuso todo para que yo ingresara. Si hubiese dependido solo de mí, nunca habría llegado al centro. A pesar de que había tocado fondo y los desastres eran incontables, me veía incapaz de dar el paso.

Había intentado alejarme de las drogas de varias formas: por mi cuenta a base de fuerza de voluntad, por medio de un psiquiatra, después de una psicóloga y asistiendo a reuniones de grupo. Como persona adicta, todo esfuerzo había sido en vano. El periodo más prolongado sin consumo fueron tres meses.

Hoy soy plenamente consciente de que el ingreso fue decisivo, providencial. Hoy puedo decir, sin miedo a equivocarme, que el tratamiento me ha salvado la vida. Y me ha dado una paz, un aplomo y una madurez que antes no tenía.

Panorama alentador

No exagero cuando digo que el tratamiento me ha insuflado el aliento necesario. Se pasa muy mal cuando estás atrapado en el consumo. Yo cada cada vez estaba más hundido. Cada día, peor. Cada minuto me sentía más solo y más perdido.

El final de una persona adicta que no se recupera es la cárcel, el psiquiátrico o la caja de pino, en el mejor de los casos.

El panorama que se le abre a un adicto bien recuperado es, por el contrario, de lo más alentador.

La vida no es de color de rosa. Por el contrario, está llena de retos y dificultades. Desde que yo ingresé, hace cinco años, me han pasado cosas y no todas positivas. Por el camino he perdido un buen empleo y sufrido algún desgarro emocional.

Sin embargo, hay algo bueno que antes no tenía.

La manera de afrontar esos retos hoy es distinta: madura y responsable. Y esa entereza novedosa para mí me anima a seguir donde estoy: Despierto, sereno, sobrio.

La vida está llena de dificultades, de acuerdo. Y esa es precisamente una razón de peso para hacer tratamiento y ponerse bien.

Las personas adictas cuando estamos mal somos escapistas profesionales. Rehuimos la responsabilidad. Esquivamos el deber. En su lugar, somos especialistas en meternos en líos.

Humildad, legalidad, coherencia

Cuando haces tratamiento y estás bien recuperado, la situación cambia por completo. Te conviertes en una persona que cumple con sus obligaciones y esquiva los problemas.

Dejas de mentir, fingir y manipular. Dejas de aparentar y empiezas a ser tú mismo. La persona que de verdad eres, sin caretas. Eres humilde y sincero. Te manejas sin estridencias y con coherencia.

Recuperarse no solo es dejar atrás drogas y conductas compulsivas: Es también rescatar una sensación olvidada de plenitud. Y volver a caminar con la mirada limpia y la cabeza alta.
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oDono